Ahora, ya, sin prisa…

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Ahora, ya, sin prisa…

Ahora, ya, sin prisas, es tiempo para mirarnos. Mirar a quien tenemos al lado, mirar desde la ventana al que pasea a su mascota, agarrando la correa con una mano y con la otra, la soledad. Es tiempo de mirar a nuestra familia, a nuestros hijos, al vecino que se asoma por su ventana a respirar aire renovado y soltar, en pequeños suspiros, las horas acumuladas encerrado en pocos metros cuadrados. Un espacio que parece se va haciendo cada vez más pequeño por momentos. Es tiempo de mirar por la ventana, ahora, ya sin prisa, y pensar en qué momento la vida nos puso en el lugar en el que estamos.


Apenas mirábamos ya por la ventana. Las prisas del día a día, las ocupaciones, los proyectos, los compromisos… no nos permitíamos un rato para dejar de ver y empezar a mirar. Es momento de buscar miradas cómplices, sonrisas tras los cristales, arcoíris con mensajes colgados en los balcones… ahora ya sin prisa, es tiempo de dejar de oír y empezar a escuchar. Escuchar el silencio de las calles, los gritos, risas y llantos de los niños que soportan estoicamente la locura de esta situación, escuchar el latir del corazón de los que te acompañan en esta aventura, pero también de escuchar el vacío y el silencio de los que no tienen esa suerte. Ahora, ya, sin prisa, podemos escuchar los aplausos de la humanidad, cada día, a la misma hora, agradeciendo, de algún modo, la idea de que el ser humano es un ser extraordinario.


Ahora, ya, sin prisa, tenemos tiempo para mirarnos y escucharnos, y ver, que la vida nos regala momentos que pasan desapercibidos en nuestro día a día entre prisas. Ya empezamos a notar la ausencia de los que más queremos, notamos la falta de abrazos, de compañía, de caricias y miradas cercanas. Empezamos a echar de menos la sensación de salir de casa y notar que la primavera está a punto de llegar con sus rayos de sol calentarnos las mejillas. Empezamos a notar la ausencia de ruido, de ajetreo en las calles, de conversaciones entre vecinos o amigos, notamos la ausencia de nuestra rutina.


Notamos la soledad de la humanidad, pero a la vez, notamos el abrazo conjunto de una población que se admira y respeta. Porque cuando uno se queda en casa se cuida y cuida a los demás. El ser humano es un ser inteligente, capaz de adaptarse y salir de la adversidad. Posiblemente no airoso y sin rasguños. Posiblemente con secuelas, pero sale adelante, y siempre fortalecido. El ser humano es capaz de aprender de los momentos más complicados, es capaz de ver la luz al final del túnel, es capaz de reinventarse una y otra vez, de crear con pocos recursos. El ser humano es capaz de reírse ante la adversidad, capaz de romper todas las barreras que nos separan y cooperar por un mundo mejor, capaz de ponerse en el lugar del otro y de perdonar. El ser humano es capaz de admirar y tener la humildad de reconocer sus limitaciones, pero, además, y, sobre todo, de restar importancia a sus virtudes. Porque tú, que estás en casa, sintiendo que pasan las horas sin poder hacer nada por la humanidad, lo estás haciendo todo.


Son tiempos de crisis y de sentir emociones incómodas. Son tiempos de cambio, de adaptarnos y reinventarnos. Las crisis nos desestabilizan, somos seres humanos. Por eso, aunque ahora lo normal sea sentirse vulnerable ante esta situación, saber que tenemos la virtud de crecer, aprender y superarnos. Es tiempo de mirar, escuchar y buscar, en cada uno de nosotros, la oportunidad crear y de hacer cosas que no hemos hecho antes…


ahora, ya sin prisa.


Elena Blanco Santos

Psicóloga Sanitaria y Neuropsicóloga

Nº Col. M-22077